lunes, 22 de enero de 2018

Memoria de un olvido


 Esta mañana me he levantado sobresaltado, oprimido el pecho y pesada la cabeza, con la sensación de haberme dormido, de llegar tarde a trabajar. En la oficina me estarían esperando, el sr. Pérez encolerizado, y el niño llegaría tarde a la escuela. Pero he mirado de reojo entonces el tenue brillo del reloj en la mesilla y todo ha vuelto a su orden. Me quedaba tiempo para cerrar los ojos todavía, antes de poner en marcha el ritual del lavabo y el armario, del apresurado aseo y el uniforme desgastado.
    Al incorporarme sobre el colchón, sin embargo, las impertinentes franjas de luz que apenas iluminaban la habitación insinuaban la pulcritud y el orden de las mañanas de hotel, de esos lugares donde uno es extranjero en su propio despertar.  
    Ha sido en ese momento que me he dado cuenta: no sabía dónde estaba. Un habitáculo más bien pequeño con un armario empotrado en la pared de mi derecha y un ventanal en la de mi izquierda, la claridad de la mañana delatándolo, con la persiana a medio bajar.
    No, no era mi cama desde luego. Al mirar al lado izquierdo del colchón la ausencia del cuerpo de Helena pesaba sobre las sábanas vacías como un reproche. Se han ido amontonando sucesivamente en mi cabeza todas esas preguntas que hemos escuchado tantas veces en las películas y que sentimos de otro mundo, de otra realidad, del otro lado de las pantallas y los libros. ¿Dónde narices estaba? ¿Cómo había llegado hasta allí? Y lo más inquietante, ¿por qué no me acordaba de nada?
    Sin encontrar respuestas, he levantado tras un gran esfuerzo mi cuerpo, pesado y torpe, del colchón. Durante un segundo he permanecido ahí, de pie al lado de la cama observando a mi alrededor, buscando ávidamente algo a lo que agarrarme, un objeto, una señal, un indicio, pero he tropezado una vez más con la calma amarillenta del vacío. He sentido en ese momento algo que pesaba en el ambiente como una losa: era el silencio. No se oía un ruido. Ni agua corriendo por las tuberías, ni rumor de pasos en el edificio, ni apenas el canto de los pájaros afuera. ¿Afuera? Qué idiota, la ventana. He movido mi cuerpo hasta el ventanal y he subido la persiana, sorprendentemente pesada, para encontrarme con algo que de algún modo esperaba: barrotes al otro lado de cristal.
    ¿Estaba acaso en la cárcel? Y si era así, ¿por qué? El vacío en mi memoria seguía siendo la única respuesta. No parecía que estuviera preso, sin embargo. La habitación, limpia y ordenada, aséptica y espaciosa, nada tenía que ver con la imagen que tenía en la cabeza de una celda. Quizás estaba en un hospital. Sí, el ambiente de la habitación concordaba con la idea, era posible que me hubiera dado un golpe y que sufriera amnesia. Pero en ese caso, ¿dónde estaban las sondas y los aparatos y los médicos? Nada tenía sentido.
    Después de unos segundos me he dirigido hacia la puerta, intentando girar el pomo y constatando que no cedía. Alguien me debía haber encerrado. Fuera de mí, he comenzado a gritar pidiendo ayuda mientras golpeaba el marco. Una vez ahogado el grito, he caído al suelo, el cuerpo plomizo deslizándose por la madera de la puerta, exhausto.
     En el silencio que siguió al estallido las preguntas han vuelto en tropel a mi cabeza. ¿Estaría secuestrado? ¿Tendrían también a mi familia? ¿Estarían a salvo? Sólo esperaba que todo fuera una terrible pesadilla de la que pudiera despertarme pronto.
       En ese momento se ha abierto la puerta. Me he levantado como un resorte al oír el sonido metálico de la llave y he visto aparecer tras él a una chica joven con una bata blanca, una bandeja de comida y una sonrisa servicial acompañada de un “buenos días, señor González”. El gesto amable en su rostro ha durado lo que ha tardado en toparse con el carrusel de mis quejas y preguntas, de la estampida de gritos, a los que, asustada, simplemente ha contestado “tranquilícese y tómese la pastilla que va en la bandeja”, tras lo que ha añadido “en unos minutos vuelvo; tranquilícese, creo que tiene visita”.
     El estertor de la puerta al cerrarse ha vuelto a ser el preludio del silencio. Con la bandeja en las manos me he sentado en la cama, sin probar bocado. Un vaso de zumo, otro de agua, una fruta rancia y un yogur natural. Todo acompañado de dos pastillas rodando inquietas, mirándome fijamente.
     He intentado calmarme, convencerme de que había algo que se me escapaba, pero mi esfuerzo ha sido inútil. La rabia ha ido apoderándose de mi cuerpo, sentía como subía poco a poco hasta un punto de no retorno. Lo siguiente que recuerdo es el estallido de la bandeja, rota en mil pedazos contra la pared, y mi grito a pleno pulmón como venganza.
     La chica con aire de enfermera ha vuelto a los pocos minutos, asustada por los ruidos y el desastre que, al entrar en la habitación, le ha sorprendido en suelos y paredes. “¡Qué lío ha armado aquí, señor González!; le caerá una buena sanción por todo esto. Tendré que informar a la directora. Pero ahora acompáñeme, acaba de llegar su visita.”
     Resignado, he seguido a la enfermera intentando sonsacarle algo, volviendo a topar con su silencio. Me ha conducido a una habitación desierta en la que se esparcían un par de mesas, rodeadas de sillas y sillones y con un gran ventanal al fondo, tras el que se adivinaba el día naciente. “Espere aquí, señor”, ha dicho la chica, “su familiar llegará en seguida”.
     Helena, tenía que ser ella, como el madero en el naufragio. Siempre Helena salvándome el pellejo. Pero no ha sido ella la que ha atravesado el umbral de la habitación un par de segundos más tarde, sino un hombre alto y corpulento, de mediana edad y rasgos oscuramente familiares. Prácticamente era como mirarse difuminado en un espejo. “Hola, papá, ¿cómo estás? ¿qué tal ha ido esta semana?” ha espetado tras acoplar su cuerpo en la silla, erguido y fuerte. Sus palabras han llegado a mis oídos como el sonido de un cristal que se rompe. El tiempo detenido entonces, y más allá del ventanal el viento acariciando las ramas de los árboles y los pájaros cantando casi del otro lado. No era posible. Aquel hombre, mirándome a los ojos frente a frente, tenía en esa mirada el brillo de Javier. Ojeras la vestían, sin embargo, y, más abajo, en la barba rala se vislumbraban las primeras canas. No, no era posible. El tiempo, ese parásito de siempre, era rastrero y testarudo, pero era previsible. Ver a mi hijo con una edad cercana a la mía no entraba dentro de sus juegos. Las sillas y las mesas daban vueltas a mi alrededor, escapándose de mi mente todo sentido. Nada había a lo que agarrarme, sólo quedaba huir, confirmar la única solución plausible, que todo fuera un mal sueño.

    Sin saber apenas cómo, me he levantado, huyendo hacia la puerta más cercana, en la pared opuesta a la claridad del ventanal. Ha sido entonces cuando todo ha concurrido, como el tacto frío del acero, en el cristal que dominaba el centro de la puerta. Las marcadas arrugas rayaban la piel curtida de mi rostro, cuya imagen devolvía, impasible, el reflejo.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Volver...

Próxima parada: Embajadores. Atención: Estación en curva. Tengan cuidado de no introducir el pie entre coche y andén. Next stop: Embaja… ¡Qué cojones! Que alguien le diga a esa mierda que se calle. Ya ni en el metro se puede dormir.
Jodido estómago… rugir y rugir como si fuera el puto rey de la selva… siempre pasa lo mismo. No pensar en nada; esa es la clave: dejar la mente en blanco…
- Como te lo cuento, tía, y va el gilipollas y se lanza después de decirme no sé qué al oído. Después de toda la noche evitándolo va y se me lanza.
- Ponte como quieras, pero las dos sabemos que lo estabas deseando. Desde que te dejó no hacéis otra cosa que no sea arrastraros por ahí intentando olvidaros, o al menos eso decís, porque en realidad lo único que hacéis es intentar dar celos al otro.
Me apuesto lo que quieras a que sabías que iba a estar en la discoteca hoy. Lo que quieras. Y nos has liado para venir a todos simplemente para zorrear en su cara, para ver cómo zorrea él en la tuya y para que al final acabe arrastrándose detrás de ti. Siempre haces lo mismo.
- Pero, ¡qué dices! No tienes ni idea. Lo único que quiero es que me deje ya en paz. Yo he pasado página, ¿no te das cuenta? No lo necesito y no lo quiero en mi vida… ¿Es que no se van a callar nunca o qué? Hay que odiar el transporte público. Quien estuviera ya en la cama, joder. La mente en blanco, ese es el truco. No hay que pensar en nada y todo se calmará…
Próxima parada: Legazpi… ¿Legazpi? No puede ser. La anterior era Embajadores. Entre Legazpi y Embajadores hay… déjame ver... dos paradas. Me habré dormido, supongo. No se cómo con la tertulia y con el puto estómago en rebeldía, pero me habré dormido. Bueno, mejor, ya hemos llegado.
¡Jóder! Agárrate a la barra inútil. Ya está. Voy bien, ya ha parado. Sólo hace falta andar y un poco de aire fresco. La cama. Ya queda menos. Eso es, izquierda, derecha, izquierda, derecha. Como en el jodido ejército. Sigue el ritmo hasta las escaleras mecánicas. Esto es el Progreso. ¿Quién quiere subir las putas escaleras a las siete de la mañana? Me quedaría a dormir en el suelo, seguro. Mi cama…. Ya queda menos. Y… ¡ya está! En la primera planta. Abajo se marcha el metro. ¿Cuánto habrá? ¿Cincuenta metros? ¿Quizás cien? Si esto no es el Progreso, yo no sé qué puede ser. La maldita Ciencia, eso es. Y ahí se va el tren. En ese vagón que desaparece estaba yo hace medio minuto y, sin embargo, aquí estoy, cien o cincuenta metros más arriba (quién sabe) viendo como desaparece en el túnel. El puto Progreso.
Vámonos de aquí antes de que me vuelva loco, mi cama me espera…
Fuera apenas amanece. ¿No es precioso? A uno le dan ganas de ser poeta en estos momentos. Yo también podría haber ido para poeta. ¡Qué coño, todavía voy para ello! ¡Ya lo verán! Me publicarán los poemas que nunca escribiré y me premiarán por ellos. ¡Ya lo verán! ¡Eso sí que es un verdadero poeta! Ya queda menos para llegar, sigue con ello. No hay que pensar en nada. Sólo hay que mantener el ritmo: uno, dos, uno, dos. El orden militar por encima de todo.
¡Ah!... Sigues rugiendo, traidor. No se puede confiar en ti, no aguantas una mierda. Deja de quejarte que ya llegamos. La clave es dejar la mente en blanco. Respirar hondo. Respiración abdominal, nada de hinchar el pecho: inspirar, expirar, inspirar, expirar… eso es… ya se calma.
Buaggg…. Buagg… te dije que te calmarás, joder… buaggg… Parece que ya está, sí, ahora mucho mejor. Bueno, espera… buaggg… Eso es. Mejor echarlo todo, toda esa basura. Tengo que empezar a masticar mejor. Sí, masticar puede salvar vidas. Ya lo decía mi madre: al menos veinte veces por bocado. ¡Qué asco! Se puede ver lo que he cenado desde dos calles más allá. La ensalada se podría servir en uno de esos restaurantes de ahora. Tiene gracia. A veinte euros el plato.
Mucho mejor si… es mejor echarlo. Siempre hay un punto de no retorno. Uno sabe que hay que echarlo y es lo que hace. Apenas avisa. Eso sí, tengo que lavar los pantalones. Cuando llegue me los quito y a directo a dormir. Sí, por fin mi cama.
-Perdona, ¿estás bien?
- Si, si… Bueno, eso depende, ¿usted está bien, señora? Porque definitivamente si usted no lo estuviera mi respuesta sería la opuesta. Creo yo.
-Anda, levántate de ahí, muchacho. Te vas a manchar aún más. Deja que te ayude.
-No crea. Se está bien aquí. Se tiene otra perspectiva. ¿Ve este charco junto a mí? Eso estaba dentro de mi cuerpo hace apenas un instante. Ahí está lo que somos: jugos gástricos. Y los huesos claro. No se olvide de los huesos.
-Venga, ¡arriba! Y ahora vete a casa a descansar, ¿de acuerdo? ¿Vives lejos de aquí? ¿Necesitas que te acompañe, muchacho?
-No, no se preocupe. Es usted muy amable. Ya lo creo, muy amable. No se preocupe. Estoy bien. Vivo sólo unas manzanas más allá. Mi cama. Todo estará bien cuando esté tumbado cómodamente en mi cama, eso es… Bueno, muchas gracias. Ha sido usted de gran ayuda, ya lo creo. Buenas noches, señora.
Estoy mejor, no cabe duda. Simplemente se trata de seguir andando. Ya queda menos, casi lo hemos conseguido, amigo… cálmate, apenas te debe de quedar algo dentro ya. Hay que seguir las luces. Las farolas aún iluminan el camino. Como los jodidos reyes magos, eso es. Hay que seguir la estrella para llegar al portal, al pesebre, al cómodo lecho al lado de la vaca y la mula.
Si hubieran existido entonces las farolas nunca hubieran llegado. Eso también es el Progreso. La luz que impide ver la luz. Es un cielo sin estrellas. Bueno, todavía hay algunas, las últimas supervivientes, como esos restos de comida que aún se aferran a ti, amigo…
-…Vamos, cariño. Sé que lo estás deseando. Ven aquí, como esta noche. Antes no te apartaste, eh.
- Déjame de una vez. ¿Es que no lo entiendes? Ya no sé cómo decírtelo: se ha acabado, ¿vale? Asúmelo.
- Venga, nena… he visto cómo me mirabas en ese antro. Bailabas con esos tipos pero siempre acababas mirándome a mí. Tú lo sabes.
- Déjame. Te he dicho que no, joder. ¡Suéltame el brazo! ¡Me estás haciendo daño, bruto!
- ¡Eh, imbécil! Te ha dicho que la dejes, ¿estás sordo o que cojones te pasa?
- Tú no te metas, borracho. Sigue tu camino si no quieres problemas.
- Siempre es lo mismo, todos iguales. Pareces salido de una cutre de Hollywood, Schwarzenegger. ¡Te ha dicho que la dejes!
- ¡Y yo te he dicho que te largues, joder! ¡Te voy a enseñar a meterte en los asuntos de los demás, hijo de puta!...
… Tenía que haber matado a ese cabrón, joder. Al menos desde aquí se ven mejor las últimas estrellas: ya han apagado las farolas. Todavía duele. Es mejor no pensar en nada, siempre lo dicen. Dejar la cabeza en blanco y cerrar los ojos. Pero será mejor llegar y tumbarse, descansar al fin. Ya no queda nada. Puedes levantarte, vamos. Ya duele menos. Eso es, lo más difícil es sentarse, ahora sólo hay que apoyar las palmas en el suelo y empujar un poco. Todo se levanta. Es increíble: uno piensa un movimiento y como por arte de magia las extremidades se mueven justo como uno quiere. Bueno, la mayoría de las veces. Al menos se parece a lo que uno quiere. ¿Cómo será no poder hacerlo? Si fuera paralítico, pediría que alguien me pegara un tiro. Pensar en moverse y no poder hacerlo es como preguntarle a Dios, a ese Dios al que todos adoran, qué cojones hacemos aquí: nunca hay respuesta.
Mira, amigo, ya estamos llegando. Es verdad lo que dicen: sólo hace falta pensar en otra cosa para que el dolor se diluya. Siempre lo digo: dejar la mente en blanco. Se ve la cama desde aquí. Así debe sentirse un corredor al ver la línea de meta. La brisa del río empieza a notarse y los primeros pájaros despiertan el día. El olor a hierba y a rocío nos da la bienvenida, amigo. Sólo unos metros: un paso y después otro paso, un paso y después uno más. El techo del puente nos refugia de los primeros rayos. Al fin en casa. Todavía duele. Al tumbarse, parece que me estén aplastando la cadera. Mi cama, al fin mi cama. No pienses en el dolor, poco a poco se irá. Cierra los ojos. Deja la mente en blanco. Simplemente no pienses en nada. Y tú, amigo, descansa: si sobrevivimos, mañana seremos poetas.

domingo, 23 de abril de 2017

La huida #historiasdelibros

<<… Y después de tantos días, tantas horas de fantasías y castillos en el aire, de paseos imaginados y conversaciones cómplices, al fin estás aquí: tangente, espléndida, iluminándote. Y al fin, tras tantas cavilaciones y desasosiegos, reúno el valor de acercarme y besarte suavemente: un húmedo y prolongado beso que difumina el sinsentido del mundo al menos un instante.” >>

Sueltas un suspiro de alivio al levantar tus manos de las teclas. Has logrado acabar, sin que el resultado te parezca deplorable, uno de los últimos capítulos de tu novela. Es obvio que aún hace falta algún corte y una mano de abrillantador – demasiado sentimentalismo en la primera pasada -  pero es ese un trabajo que ya afrontarás mañana. Sin darte cuenta ha caído casi definitivamente la tarde. A través de la ventana observas los ahogados tonos brillantes que preceden a la oscuridad.

Te levantas y acercas tu rostro al cristal: la ciudad tendida iluminada por las primeras luces. Una tarde más que se va tras la trinchera de tu escritorio. Porque, ¿qué han sido los libros para ti sino eso: un refugio? Un refugio desde donde pasar al contraataque. ¿Qué han sido sino un lugar al que acudir para olvidarte con el correr de las páginas de los problemas y el hastío cotidiano? Desde que entraran en tu vida, súbitamente, cuando no eras más que un muchacho ausente y asustadizo, que abrió un día un ejemplar para acallar el aburrimiento. Y aquel libro llevo a otro, ese otro a otros y así de manera sucesiva. No son más que una trampa, un analgésico para olvidarse de uno al ponerse en la piel de otros. Eso ha sido tu vida: abrir y cerrar libros, leerlos, releerlos, subrayarlos y marcarlos al tiempo que ellos te marcaban también a ti. Y, finalmente, contar historias para que también tus lectores tengan un lugar más al que huir.

Vuelves de tu ensimismamiento y te diriges hacia tu escritorio para apagar la pantalla del ordenador, donde todavía refulge la escena de amor juvenil. Al cerrar el portátil, plegándolo, no puedes evitar mirar la fotografía que queda al descubierto: el pelo, libre al viento, rubio y alborotado; los ojos, algo rasgados, pero de una claridad definitiva; y la sonrisa, implacable y sincera, reflejando fielmente lo que contenía detrás. El tiempo, congelado en esa imagen, ha sido sin embargo implacable. Un amago de gesto cómplice, te das cuenta, ha acudido melancólicamente a modificar tu rostro. Sientes entonces el correr de una pequeña lágrima surcándote la mejilla, abriendo a su paso las grietas del recuerdo.

Te acercas de nuevo al ventanal y abres una rendija desde la que no tarda en entrar una bocanada de aire fresco. Cierras los ojos y respiras todo lo profundo que puedes mientras el viento te azota, golpeándote sin herirte, purificándote. Terminas a continuación de recoger el escritorio intentando mantener la mente en blanco y, cuando has acabado, coges la novela que tienes a medio leer, y te las llevas hasta tu mesilla de noche, en la habitación de al lado. Por último, te lavas la cara, te calzas las deportivas y coges las llaves. Abres la puerta y sales rápidamente, no vayas a llegar tarde a tu cita con la penúltima huida del día.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Dos poemas

                          I

Escribo una palabra y no encuentro
mis manos. Si aún intento alzar la voz,
palabras yertas flotando en el viento
que descubro ajenas con signo atroz.
Alguien dice mi nombre... Llamamiento
lejano que se consume veloz.
Sé que no hay hombre más solo que aquel
extraño dentro de su propia piel.
                   
                          II

Pero amanece también algunos días.
Al parecer es posible ser valiente
-o intentarlo-, conquistar la alegría
-o intentarlo- cuando, de repente,
la irrupción de un abrazo todavía
justifica todo el mal que se siente.              
Porque, abandonado aquí a tu suerte,
solo el amor te salvará de la muerte.








sábado, 27 de agosto de 2016

El niño y el mar #relatosdeverano

Cuando, tras luchar desaforadamente contra el vaivén de las olas, Pablo, que ya era todo un hombrecito de doce años, salió del agua, se encontró con que su hermana y su madre estaban recogiendo conchas en la orilla. Era la segunda vez que el niño veía el mar; sin embargo, era en esta ocasión cuando estaba descubriendo la fiereza y la dulzura del juego interminable de olas y mareas. La familia al completo -una pareja de unos treinta con dos niños que parecían haber sido sacados de un anuncio, Pablo y su hermana pequeña- había llegado ese mismo día a la costa mediterránea dispuestos a veranear allí durante un par de semanas.
Al cruzarse el niño con ellas en la orilla, las mujeres de la familia le pidieron que ayudara en la tarea, pero la idea le provocó un gran rechazo desde el primer momento. Aunque a su hermana pequeña le encantaban, Pablo no podía entender la gracia de recoger esa especie de cáscara que tenían los moluscos. De hecho, al niño las conchas le parecían un vestigio de la muerte; un recuerdo de que allí dentro había existido vida y que, como todo, había acabado. Y sin embargo, ahora se las llevaban los turistas como un simple souvenir de sus vacaciones de verano. Al crío, que desde pequeño tenía una forma fija de mirar a su alrededor, le vino una imagen oscura a la cabeza: pensó que si en lugar de conchas hubiera esqueletos entre la arena, nadie se tomaría la molestia de agacharse a recogerlos como si de un tesoro se tratase. Es más, la gente sentiría pavor. El mismo pavor que recorrió el cuerpo de Pablo el segundo en el que pasaron por su mente estos pensamientos. Tras la reflexión, aquello llegó a parecerle incluso un cementerio.

   -Llama a la funeraria para recoger cadáveres- fue la contestación del niño al pasar corriendo camino de su toalla y su castillo de arena.
De la boca de su madre, sorprendida con la respuesta, brotó una carcajada larga que vibró por encima de la brisa marina unos segundos. "Este niño” pensó, “¿De dónde sacará esas ideas?”
Al abandonar la playa, la familia volvió al coche y la madre y su hija dejaron en el maletero el tesoro recolectado durante el día dentro de una bolsa de plástico. Habían cogido conchas de todo tipo de color y tamaño y ya pensaban utilizarlas para adornar tal cuarto, para hacer collares y pulseras, un cenicero... El día a ras de orilla había llegado a su fin con la celeridad que la felicidad impone a sus instantes. Pero Pablo sabía que mañana habría una playa nueva tras la frontera de la noche.
Al día siguiente, la familia, tras un corto trayecto en coche desde el hotel donde se alojaban, llegó al destino previamente marcado para pasar la jornada estival. Llegaron a una cala virgen rodeada de acantilados que caían casi verticalmente hasta toparse con el eterno golpear del mar. Era un lugar salvaje, escarpado y paradisíaco. Para llegar a la orilla había que seguir un sendero angosto entre los pinos durante más de diez minutos con la sombrilla a cuestas y el bochorno de las doce de la mañana caldeando el ambiente. Sin embargo, el esfuerzo merecía la pena por ver el limpio paisaje que se abrió ante los ojos de los miembros de la familia al dejar atrás los últimos árboles. El día estaba gris. Nada más entrar en contacto con la arena, Pablo tiró al suelo la camiseta y la toalla que había llevado durante el camino y, corriendo, fue a darse el primer baño del día.

   -¡Hijo, vuelve aquí!- gritó su madre sin obtener respuesta al tiempo que el chiquillo empezaba a zambullirse en el agua. -Anda cariño, ve a echarle un ojo. Hoy está el mar revuelto.- le dijo a continuación a su marido.
Así, tras colocar la sombrilla, las toallas y demás enseres, el padre se dirigió al agua para bañarse con su hijo. Pero al llegar a la altura en la que el agua y la arena discuten en la orilla, se dio cuenta de que hacía ya unos segundos que había dejado de ver la cabeza del niño tras pasar una ola. Alarmado, corrió mar adentro hasta lograr acercarse al cuerpo exangüe del niño, que flotaba y era arrastrado por la corriente. Al llegar a su altura, cargó con su hijo intentando llegar a la orilla al tiempo que las aguas tiraban de ellos mar adentro.
Una vez fuera del agua, la madre y su hija recogieron todo rápidamente y subieron en dirección al aparcamiento mientras el padre cargaba con el cuerpo del crío. Cuando por fin llegaron al coche, el hombre colocó a toda prisa el cuerpo de su hijo en la posición del copiloto cuando, de repente, un grito le sobresaltó. La madre había abierto el maletero, y lo que allí contempló la había atenazado: la bolsa de plástico estaba rota y, encima de ella, en lugar de conchas no había más que huesos.

miércoles, 15 de junio de 2016

Mañana será otra vez mañana

 Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre.

Ángel González

Puede que mañana el hastío
se desvanezca de repente.
Mañana las lluvias limpiarán
los corazones ahogados en su llanto.
Mañana será el día. El día que,
sedientos, esperamos.

Seré feliz, mañana;
dará paso el miedo a esa
valentía inusitada, casi en peligro
de extinción.
Mañana la ciudad, extendida
en la noche, abrirá sus calles
a los enamorados.
Acabará la hipocresía, mañana.
No será el amor en balde, mañana.
Venceremos a las sombras, mañana.
Se detendrá el vuelo de las bombas
un día como mañana.

Y mañana estará otra vez
mañana en el mismo horizonte.
Volveremos a pensar
entonces en el fatídico día
que no verán jamás los ojos
sobre la faz de la tierra.

Siempre así

Siempre comienza así: con la muerte.
Hilo de luz por nubes cercado.
Solo al despertar sabe el que ha soñado
la falsedad de esa ilusión inerte.

Solo cuando la inocencia advierte
el rumor del agua que ha pasado
-nada trajo, poco se ha llevado-
siente que no cambiará su suerte.

Solo hay alegría si hubo tristeza.
Solo vibra el silencio tras el ruido
dejando al descubierto su firmeza.

Y al estallar el último latido,
flor rasgada, tenemos la certeza
del sueño que se ha ido: haber sido...