lunes, 23 de julio de 2018

Ausencia leve

“(…) ausencia, / ausencia leve como carne de niño.”
Luis Cernuda

I

Al salir de la consulta del oncólogo, Martín encaró el pasillo titubeante, indeciso. Una vez fuera del hospital, se paró junto a una papelera y rasgó lentamente los papeles que contenían el fatal diagnóstico, uno a uno, saboreando el acto como si cada folio fuera un tejido de las células que se reproducían en su hígado sin control a cada segundo. Esa era su venganza.
 El doctor, con el alma en los pies a pesar de la costumbre, le acababa de decir que era inoperable. En otras palabras, que su vida duraría lo que tardara en consumirse por dentro, en reproducirse y reproducirse para acabar explotando, lo que era, en definitiva, un breve resumen de cualquier existencia. Al comunicarle la noticia, el oncólogo parecía destrozado, a punto de derramar la primera lágrima. Es por su edad, le había dicho, entiéndame, nunca es fácil dar este tipo de diagnósticos… uno lleva tantos años en esto y, aun así, cada vez que te toca acabar con la esperanza del paciente… créame, no se lo deseo a nadie. A lo que había añadido que el hecho de que Martín tuviera todavía toda la vida por delante, como quien dice, había derribado todas sus defensas profesionales. Martín lo escuchó fríamente, sintiendo más pena por aquel médico que por su propia vida, de la cual acababa de saber su fecha de caducidad. Siendo optimistas, unos seis meses a lo sumo. Entonces Martín se había negado categóricamente a prolongarlo todo uno cuantos días a cambio de extender la agonía y perder toda la energía que le quedara. No, aquello no entraba en sus planes. Había firmado los papeles aceptando no seguir ningún tipo de tratamiento y se había despedido del doctor. Antes de salir de la consulta, sintió el apremio de abrazar a ese pobre hombre, que ya lo miraba como desde otra realidad. Pero, a pesar de la culpa, le pareció una situación demasiado violenta y abandonó la habitación sin llegar a decidirse. 
 Veinte minutos más tarde, al entrar a su apartamento, Roco le dio una calurosa bienvenida. Ladridos y brincos siguieron a la apertura de la puerta. Buen chico, Roco, buen chico. Como algo y vamos a la calle, ¿si? A la calle, Roco. Martín entró entonces directamente al baño. Una vez cumplido el trámite de sus necesidades fisiológicas, pasó a lavarse las manos y topó con su imagen reflejada en el espejo. Tenía buen aspecto, nada hacía presagiar lo que ocurría dentro de su cuerpo. Visto desde fuera, parecía sano y robusto, ágil y atractivo. Sólo las ojeras eran una leve mancha en su rostro. 
 Pasó a continuación a la cocina a prepararse algo de comer. El reloj del microondas marcaba las 15:35 y, sin embargo, apenas podía decirse que Martín sintiera algo parecido a hambre. Si comía era casi por costumbre, por seguir el patrón de la rutina. Batió un par de huevos y se hizo una tortilla. Una vez hubo acabado de cocinar, cogió una cerveza del frigorífico y se trasladó al salón con la comida.
 Encendió la televisión, nuevamente por costumbre, y se sentó en el sofá. En la dos estaban dando un documental sobre la sabana africana y sus depredadores. Martín comía, abriendo ampliamente sus poderosas fauces, casi como la leona atacaba a la cebra y la arrastraba, ya muerta, del cuello. Era el ciclo eterno de la vida, había que matar para vivir, vivir a consta de otro, otro que muere en nombre de nuestra supervivencia. Siempre había sido así en el seno de la madre naturaleza. Aquellos que no mataban estaban muertos de antemano. Pero ¿qué sentido tenía vivir para morir? Y lo que era peor aún: morir por un exceso de vida. 
 El sonido del teléfono lo sacó del África para devolverlo a la realidad cotidiana con la estridencia de su timbre. Se levantó pesadamente, obligándose casi, y cruzó el salón para cogerlo. Tienes tres mensajes, bramó la voz metálica al otro lado del aparato, una vez lo hubo colocado en su oreja. Para escucharlos, pulse uno; para recordárselo más tarde, pulse dos; para eliminarlos, pulse tres. Se apartó un momento el aparato de la cabeza para presionar la tecla y volver a pegárselo al oído. El primero de los mensajes era de una aseguradora que le proponía contratar un seguro de vida. Vaya, pensó Martín, parece que en la mutua no se han enterado de las novedades. El segundo era apenas un balbuceo inaudible, con ruidos de bocinas y motores de fondo. Miró el número de la llamada, pero no le sonaba de nada, por lo que borró también el mensaje. Al pulsar el botón para escuchar el tercero, apareció la voz cándida y alegre de Laura al otro lado del aparato. La grabación era de esa mañana de viernes, de hacía solo unas horas. En ella, con un tono exultante que parecía dibujar en el aire la sonrisa de la chica, la novia de Martín le anunciaba que volvía de Londres a verlo esa misma tarde para pasar con él el fin de semana. En el mensaje no se hacía ninguna alusión a su enfermedad, por lo que para Martín supuso el principio de un infierno: ¿cómo contárselo a Laura? A ella precisamente, que había sido su soporte durante todo este tiempo.
 Tras dejar el teléfono, Martín comenzó a carcomerse la conciencia sin llegar a ninguna conclusión. Iría viendo sobre la marcha, decidió al fin, no tenía ningún sentido quedarse ahí parado dándole vueltas y vueltas a la cabeza para no llegar a ninguna parte. Ya encontraría el momento adecuado para contárselo todo. 
 Una vez hubo acabado de comer, se bebió de un trago lo que le quedaba de cerveza y cogió la correa al grito de ¡Vamos, Roco! ¡A la calle! 

II

Unas horas más tarde Martín llegó al aeropuerto. Dejó el coche en el parking y se dirigió hacia la zona de llegadas de la terminal. Según sus cálculos, el avión de Laura ya debería haber aterrizado, por lo que estaría al salir de las gigantescas puertas mecánicas de un momento a otro. Habían hablado hacía unas horas, después de que Martín escuchara el mensaje, y habían quedado en verse en su apartamento. Él se había excusado diciendo que no iba a poder ir a recogerla porque iban a ir unos tipos a comprobar la instalación del gas. 
 Se escondió poniéndose en cuclillas tras una gran papelera a la espera de Laura. Desde allí alcanzaba a ver con detalle el flujo de personas que salían de la puerta, interrumpido intermitentemente por grupos de viajeros que iban y venían recorriendo la terminal con sus maletas a cuestas. Un grupo de personas se paró en ese momento en medio de su campo de visión, captando toda la atención de Martín. Parecía una familia despidiendo a uno de sus miembros. En concreto, a un hombre de mediana edad, alto y robusto el talle, espesa la barba. Martin se fijó a continuación en el niño al que el hombre acababa de besar repetidamente. Se notaba que el pequeño intentaba controlarse, casi hasta el punto de ponerse rojo al contener la respiración. Sin embargo, todos sus intentos por evitar el llanto acabaron estallando en sollozos. Fue entonces cuando el hombre decidió que había llegado el momento de marcharse. Besó prolongadamente a la mujer que estaba de pie detrás del niño, cogió después al pequeño entre sus brazos y empezó a hacerle cosquillas. Cuando el hombre desapareció de la vista de sus familiares, en la mirada del niño todavía había una mueca agridulce en la que se mezclaban las carcajadas con las lágrimas que iban cayendo de sus ojos; unos ojos que seguían fijos buscando al hombre más allá de los guardias de seguridad y las cintas de control. 
 La escena del niño conmovió a Martín de tal manera que prácticamente se olvidó del motivo por el cual estaba en la terminal. De hecho, no lo recordó hasta que, detrás del crío, reconoció la manera de andar de Laura alejándose del punto donde estaba escondido. 
 Salió apresurado de allí siguiendo la estela de la joven, que ya estaba a unos veinte metros. Aceleró el paso al tiempo que esquivaba a los viajeros que iban en dirección contraria hasta ponerse justo detrás de Laura. Siguió su figura, pegado a la espalda de la chica, caminó unos pasos más, aclaró su garganta y dijo, perdone, señorita, ¿necesita ayuda? ¿se ha perdido?
 Tras darse la vuelta, una sonrisa invadió el rostro de Laura al tiempo que abandonaba su maleta para fundir sus cuerpos en un abrazo. Martín le preguntó a continuación por el vuelo, por cómo iba todo por Inglaterra, mientras la pareja se dirigía hacia el parking. Siguieron hablando sin parar durante todo el trayecto, parándose a cada rato para juntar nuevamente sus cuerpos, para seguir el juego eterno como dos adolescentes e inhalar de nuevo el aroma del otro. De repente algo cambió en el gesto de la joven, que decidió que había llegado el momento de ponerse serios al menos un instante. Justo cuando Martín abría el maletero, Laura le preguntó por los diagnósticos y por los resultados del último análisis. Martín, después de colocar la maleta en su sitio, permaneció un par de segundos impasible, de espaldas a la chica y con la mirada fija en el asfalto. Entonces se dio la vuelta con impostada ilusión y le dijo que los resultados eran definitorios. Después de todo era benigno, dijo, no te lo conté por teléfono porque quería ver la cara que ponías. 
 Laura rompió a llorar, las lágrimas cayéndole hasta la sonrisa que se le había dibujado al escuchar las palabras de Martín. La pareja se abrazó una vez más mientras, en su fuero interno, Martín se preguntaba por qué acababa de hacer lo que acababa de hacer. 

III

Esa noche, la pareja decidió que aquello había que celebrarlo por todo lo alto, así que reservaron en uno de los mejores restaurantes de la ciudad para cenar al día siguiente. La noche del viernes, por el contrario, pidieron comida rápida a domicilio y pasaron todo el tiempo tirados en el salón de la casa de Martín, viendo a ratos una de esas horribles películas que ponen los viernes por la noche, y disfrutando de la presencia del otro, del calor del cuerpo tumbado al lado del de uno mientras pasan las horas por nosotros apenas sin rozarnos, sin que nos demos cuenta. Solo salieron pasada la medianoche para dar un paseo con Roco, que no había parado quieto, acompasándose a la alegría de la pareja con sus ladridos y su incansable movimiento. 
 La noche siguiente llegaron al restaurante pasadas las nueve y media y, por insistencia de Laura, pidieron una botella de vino para celebrar las buenas noticias. El local estaba a reventar. Era uno de esos restaurantes donde se cuida hasta el más mínimo detalle, donde la gente va a ver y a ser vistos – y obviamente a compartir también la foto de rigor en sus redes sociales. Sin embargo, la pareja estaba ajena al baile de máscaras que se llevaba a cabo a su alrededor. 
 Tan ensimismados estaban, que no se dieron cuenta de la figura que se acercaba a su mesa. No repararon en su presencia hasta que tocó el hombro de Martín a modo de saludo. El rostro del joven cambió en un instante al ver, tras levantar la mirada, al doctor que le había dado el diagnóstico la mañana anterior allí plantado. ¿Qué tal, Martín? Me alegro de verte, le dijo con cierto tono de amargura en la voz. El hombre debió haberlo visto y debía haberse sentido obligado a saludarlo, pensó Martín, empujado, suponía, por la lástima. 
 El joven tenía que actuar rápido. Miró de soslayo a Laura, que le devolvía la mirada con un halo de curiosidad, interrogador. Entonces Martín se levantó raudo de la silla, apretó la mano del doctor, que llevaba unos segundos tendida en el aire, y le dio el abrazo que la mañana anterior no había tenido el valor de darle. Además, sin que Laura pudiera darse cuenta, mientras se producía el abrazo, Martín le susurró algo al oído. 
 El doctor se sintió entonces fuera de lugar y, después de que Martín hiciera las presentaciones entre su novia y el médico, espetó un disfrutad de la cena, tengo que volver a mi mesa que me están esperando. A lo que la pareja respondió deseando buenas noches al doctor mientras exhibían su mejor sonrisa.  
 Una vez se hubo sentado de nuevo, Martín le explicó más detenidamente a Laura que aquel hombre era uno de los doctores que habían llevado a cabo los análisis. Ella quiso levantarse entonces y darle las gracias por todo lo que habían hecho por él, pero Martín le quitó la idea de la cabeza argumentando que eso sería molestarle. La conversación entre ambos cambió de tema y fue avanzando hasta que Laura dijo que ella también tenía una sorpresa que contarle, algo más que añadir a la lista de las celebraciones. 
 La habían ascendido esa misma semana y, sabiendo que iba a volver el viernes, se había guardado la noticia hasta entonces. Se trataba de un puesto importante dentro de la empresa, aunque para conseguirlo debía pasarse el verano viajando por Europa y haciendo gestiones en Londres. Iba a ser duro, pero merecería la pena. Además, ahora que él estaba curado – propuso la chica–, podría irse a Inglaterra con ella y buscarse algo allí. 
 La reacción de Martín fue menos entusiasta de lo que ella se esperaba. Le dio la enhorabuena y dijo que le parecía buena idea, pero que ya irían hablando lo de mudarse allí después del verano. 
 Acabaron de cenar y volvieron a la casa del joven, yendo directos a la cama. No se levantaron de allí hasta que salieron al día siguiente del apartamento para dirigirse al aeropuerto. 

IV


Llegaron a la terminal con la hora pegada a los talones. Martín aparcó donde pudo y acompañó a Laura casi a la carrera hasta el control de seguridad. Allí, la pareja se despidió durante unos minutos. Nos vemos en nada, lo prometo, dijo Laura, desplegando otra sonrisa. Por supuesto, nos vemos pronto, mintió Martín. Ella se dio entonces la vuelta y se dirigió hacia la empleada del aeropuerto.
 Mientras la veía marcharse, Martín recordó por qué odiaba tanto las despedidas: porque uno nunca sabe si podrá volver a despedirse. Se sintió compungido, culpable, apunto de salir corriendo detrás de Laura para contárselo todo, pero fue incapaz. La muerte siempre nos pilla a mitad de camino, pensó entonces, mientras la primera lágrima se deslizaba lentamente por su mejilla.Ahora lo entendía, morir era no llegar. 

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