lunes, 22 de enero de 2018

Memoria de un olvido


 Esta mañana me he levantado sobresaltado, oprimido el pecho y pesada la cabeza, con la sensación de haberme dormido, de llegar tarde a trabajar. En la oficina me estarían esperando, el sr. Pérez encolerizado, y el niño llegaría tarde a la escuela. Pero he mirado de reojo entonces el tenue brillo del reloj en la mesilla y todo ha vuelto a su orden. Me quedaba tiempo para cerrar los ojos todavía, antes de poner en marcha el ritual del lavabo y el armario, del apresurado aseo y el uniforme desgastado.
    Al incorporarme sobre el colchón, sin embargo, las impertinentes franjas de luz que apenas iluminaban la habitación insinuaban la pulcritud y el orden de las mañanas de hotel, de esos lugares donde uno es extranjero en su propio despertar.  
    Ha sido en ese momento que me he dado cuenta: no sabía dónde estaba. Un habitáculo más bien pequeño con un armario empotrado en la pared de mi derecha y un ventanal en la de mi izquierda, la claridad de la mañana delatándolo, con la persiana a medio bajar.
    No, no era mi cama desde luego. Al mirar al lado izquierdo del colchón la ausencia del cuerpo de Helena pesaba sobre las sábanas vacías como un reproche. Se han ido amontonando sucesivamente en mi cabeza todas esas preguntas que hemos escuchado tantas veces en las películas y que sentimos de otro mundo, de otra realidad, del otro lado de las pantallas y los libros. ¿Dónde narices estaba? ¿Cómo había llegado hasta allí? Y lo más inquietante, ¿por qué no me acordaba de nada?
    Sin encontrar respuestas, he levantado tras un gran esfuerzo mi cuerpo, pesado y torpe, del colchón. Durante un segundo he permanecido ahí, de pie al lado de la cama observando a mi alrededor, buscando ávidamente algo a lo que agarrarme, un objeto, una señal, un indicio, pero he tropezado una vez más con la calma amarillenta del vacío. He sentido en ese momento algo que pesaba en el ambiente como una losa: era el silencio. No se oía un ruido. Ni agua corriendo por las tuberías, ni rumor de pasos en el edificio, ni apenas el canto de los pájaros afuera. ¿Afuera? Qué idiota, la ventana. He movido mi cuerpo hasta el ventanal y he subido la persiana, sorprendentemente pesada, para encontrarme con algo que de algún modo esperaba: barrotes al otro lado de cristal.
    ¿Estaba acaso en la cárcel? Y si era así, ¿por qué? El vacío en mi memoria seguía siendo la única respuesta. No parecía que estuviera preso, sin embargo. La habitación, limpia y ordenada, aséptica y espaciosa, nada tenía que ver con la imagen que tenía en la cabeza de una celda. Quizás estaba en un hospital. Sí, el ambiente de la habitación concordaba con la idea, era posible que me hubiera dado un golpe y que sufriera amnesia. Pero en ese caso, ¿dónde estaban las sondas y los aparatos y los médicos? Nada tenía sentido.
    Después de unos segundos me he dirigido hacia la puerta, intentando girar el pomo y constatando que no cedía. Alguien me debía haber encerrado. Fuera de mí, he comenzado a gritar pidiendo ayuda mientras golpeaba el marco. Una vez ahogado el grito, he caído al suelo, el cuerpo plomizo deslizándose por la madera de la puerta, exhausto.
     En el silencio que siguió al estallido las preguntas han vuelto en tropel a mi cabeza. ¿Estaría secuestrado? ¿Tendrían también a mi familia? ¿Estarían a salvo? Sólo esperaba que todo fuera una terrible pesadilla de la que pudiera despertarme pronto.
       En ese momento se ha abierto la puerta. Me he levantado como un resorte al oír el sonido metálico de la llave y he visto aparecer tras él a una chica joven con una bata blanca, una bandeja de comida y una sonrisa servicial acompañada de un “buenos días, señor González”. El gesto amable en su rostro ha durado lo que ha tardado en toparse con el carrusel de mis quejas y preguntas, de la estampida de gritos, a los que, asustada, simplemente ha contestado “tranquilícese y tómese la pastilla que va en la bandeja”, tras lo que ha añadido “en unos minutos vuelvo; tranquilícese, creo que tiene visita”.
     El estertor de la puerta al cerrarse ha vuelto a ser el preludio del silencio. Con la bandeja en las manos me he sentado en la cama, sin probar bocado. Un vaso de zumo, otro de agua, una fruta rancia y un yogur natural. Todo acompañado de dos pastillas rodando inquietas, mirándome fijamente.
     He intentado calmarme, convencerme de que había algo que se me escapaba, pero mi esfuerzo ha sido inútil. La rabia ha ido apoderándose de mi cuerpo, sentía como subía poco a poco hasta un punto de no retorno. Lo siguiente que recuerdo es el estallido de la bandeja, rota en mil pedazos contra la pared, y mi grito a pleno pulmón como venganza.
     La chica con aire de enfermera ha vuelto a los pocos minutos, asustada por los ruidos y el desastre que, al entrar en la habitación, le ha sorprendido en suelos y paredes. “¡Qué lío ha armado aquí, señor González!; le caerá una buena sanción por todo esto. Tendré que informar a la directora. Pero ahora acompáñeme, acaba de llegar su visita.”
     Resignado, he seguido a la enfermera intentando sonsacarle algo, volviendo a topar con su silencio. Me ha conducido a una habitación desierta en la que se esparcían un par de mesas, rodeadas de sillas y sillones y con un gran ventanal al fondo, tras el que se adivinaba el día naciente. “Espere aquí, señor”, ha dicho la chica, “su familiar llegará en seguida”.
     Helena, tenía que ser ella, como el madero en el naufragio. Siempre Helena salvándome el pellejo. Pero no ha sido ella la que ha atravesado el umbral de la habitación un par de segundos más tarde, sino un hombre alto y corpulento, de mediana edad y rasgos oscuramente familiares. Prácticamente era como mirarse difuminado en un espejo. “Hola, papá, ¿cómo estás? ¿qué tal ha ido esta semana?” ha espetado tras acoplar su cuerpo en la silla, erguido y fuerte. Sus palabras han llegado a mis oídos como el sonido de un cristal que se rompe. El tiempo detenido entonces, y más allá del ventanal el viento acariciando las ramas de los árboles y los pájaros cantando casi del otro lado. No era posible. Aquel hombre, mirándome a los ojos frente a frente, tenía en esa mirada el brillo de Javier. Ojeras la vestían, sin embargo, y, más abajo, en la barba rala se vislumbraban las primeras canas. No, no era posible. El tiempo, ese parásito de siempre, era rastrero y testarudo, pero era previsible. Ver a mi hijo con una edad cercana a la mía no entraba dentro de sus juegos. Las sillas y las mesas daban vueltas a mi alrededor, escapándose de mi mente todo sentido. Nada había a lo que agarrarme, sólo quedaba huir, confirmar la única solución plausible, que todo fuera un mal sueño.

    Sin saber apenas cómo, me he levantado, huyendo hacia la puerta más cercana, en la pared opuesta a la claridad del ventanal. Ha sido entonces cuando todo ha concurrido, como el tacto frío del acero, en el cristal que dominaba el centro de la puerta. Las marcadas arrugas rayaban la piel curtida de mi rostro, cuya imagen devolvía, impasible, el reflejo.

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